Estupidizad al viajero

Convertidlo en un perfecto idiota, sólo se trata de sacar el dinero de su cartera lo antes posible.

Llevo ya algún tiempo reflexionando sobre el sentido último de la publicidad que masticamos cada día. ¿Por qué tratan de influirnos convirtiéndonos en perfectos imbéciles?
Hasta ahora sólo había observado el fenómeno en la publicidad generalista. Mensajes que convierten al hombre en un tipo insolidario, a la mujer en un florero o a los niños en máquinas de devorar todo tipo de objetos…

Supondrán que somos incapaces de retener otra cosa que no sea un slogan corto, a poder ser absurdo y aún mejor si proyecta una imagen simple. Si además suena bien, estamos ante un monumento a la publicidad:

Grimaldiza

 

LLEGA

 

 

 

 

 

Hay quien de más? Seguro que no soy el único que se siente molesto al leer mensajes pueriles, carentes por completo de profundidad o directamente dañinos. ¿Cómo enfrentarse a una publicidad así?

Llamadme idiota, pero yo pensaba que se trataba de viajes…

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Precioadicto

Soy PRECIOADICTO, lo reconozco. Sé que es una enfermedad, como toda adicción, algo negativo, que señala un defecto en mi forma de ser. Cada vez que busco algo, sea lo que sea, lo primero que miro es el precio. Veo que este mal es absolutamente generalizado en la sociedad que vivimos hoy. ¿Por qué la categoría “precio” siempre se impone a cualquier otra? Sin darnos cuenta, comparamos, deImagencidimos, juzgamos y delimitamos en función de sólo un aspecto del objeto (o lo que es peor: del sujeto…) Precio precio precio. Pasamos por la vida como por los pasillos de un hipermercado, buscando gangas en nuestro día a día. ¿La vida era eso realmente? Sé lo que estás pensando: yo no soy así. No te engañes: quizá no miras la etiqueta cada vez, pero mentalmente siempre está ahí el precio, el coste. Es una especie de obsesión, nada tiene un sentido completo si no le ponemos precio. Dime cómo hablar de algo sin inmediatamente referirlo a su precio El objetivo no es señalar tragedias. Mi idea es encontrar rincones donde el precio no sea siempre y cada vez la primera categoría. ¿Es posible? Definir espacios donde las relaciones entre las personas y las cosas no estén dictadas por el precio. No digo que NO TENGAN precio: digo que su precio no sea la categoría que define su esencia, su sentido. En definitiva, reclamar espacios que escapen al precio. Trato de ser práctico y me impongo
tareas: llevo tiempo que cuando compro en el supermercado, procuro no comparar precios. Busco prestaciones, cantidades, calidad. Procuro huir de la palabra “oferta” y sólo cuando he definido que un producto es mejor que otro, lo meto en mi carrito. No es ninguna heroicidad: comprar el papel higiénico o la lechuga no es una decisión trascendental. El objetivo es liberar mi mente de esa presión absurda que nos lleva a emplear una parte tan inmensa de nuestro escaso tiempo en comparar precios y más precios. Te aseguro que me va muy bien…